Me llega el rumor sordo desde dentro; es el ajetreo propio de la preparación de un servicio. La terraza que sirve de antesala al comedor de Casa Romántica es como esconderse en un trocito de jardín.
Aridani aún no lleva la chaquetilla. Hablamos con la persona, antes del chef, y me pregunto quién está detrás del plato de Cabra y queso o del Calamar – Aguacate – Millo que probamos hace poco.
Sus comienzos huelen a mortero y tensión
Un joven Aridani estaba a punto de entrar en el restaurante donde trabajaba con sus tíos con solo dieciocho años. Una cocina que se había apagado hacía pocas horas y que todavía exudaba calor.
«Era un tipo de gastronomía diferente la de entonces, más enfocada al turismo masivo de Playa del Inglés, pero ejecutada por grandes profesionales a los que admiro y respeto».
Su mirada se pierde en un pasado que parece hallarse en el pozo del café que nos ha traído Víctor Lugo, propietario y embajador de Casa Romántica, al unirse a la conversación.
«Nunca sabrás hacia dónde vas si no conoces de dónde vienes»
Nació entre fogones, recuerda meter la nariz en el mortero; como era chico, a él le tocaba moler especias para preparar el mojo: ajo, sal gruesa, comino en grano, cilantro. Se crió en el seno de una familia que, como muchísima gente del sur de la isla, se lanzó a la hostelería.
Se llena los pulmones y continúa narrando aquellas primeras cocinas donde empezó su andadura profesional: cocinas que olían a tensión, sudor, calor y velocidad.
Era otra época, asegura. Para el chef de Casa Romántica, fue parte del camino que le llevó hasta hoy y que contribuyó a su crecimiento profesional.
«Nunca sabrás adónde vas si no conoces de dónde vienes.» — Aridani Alonso
Eran cocinas complicadas: sin ventilación, impecables, pero sofocantes. Se remojaban los motores con un difusor. «Hacía tanto calor que las mantequillas se clarificaban solas», bromea el chef.
El trabajo de buen humor no se conocía. Y luego estaba el miedo. Las formas. «Lo que no quiero ser ahora.» No hay juicio en sus palabras: era otro momento, venían de una época de necesidad. Era lo que conocían.
«Haber crecido en ese tipo de aprendizaje lo hace grande.» — Víctor Lugo
Pasó por muchos tipos de restaurantes, incluyendo hoteles. «Me sorprendía cuando me pedían disculpas por haberme hablado muy alto», ríe. En los hoteles aprendió a ser más meticuloso, ordenado: todo es como una coreografía. Trabajar por partidas. El trato con las personas. La psicología.
«Le recomiendo a todo el mundo que empiece como yo, fregando, gestionando el volumen, trabajo en sala.»
Luego llegó Tejeda: su primera vez como jefe de cocina. Quería conocer algo de montaña, el turismo de invierno, la cocina de guiso —que hoy es básica en Casa Romántica—.
Después, Las Palmas de Gran Canaria, para conocer al cliente de ciudad.
En su trayectoria ha ido buscando lugares donde encontrar esa habilidad que quería pulir, ese tipo de cliente que quería conocer, esa cocina que necesitaba descubrir.
Desde 2022 está en Casa Romántica
«Víctor quiso contar conmigo», dice con sencillez. Sonríe al recordar el primer plato suyo que llamó la atención: un conejo en salmorejo, algo tan tradicional, tan canario.
Quizá esa honestidad está presente también en platos como los Tomates aliñados o el Chocolate – Algarroba – Café de Agaete.
La historia de Aridani no está producida por Netflix
Tampoco busca romantizar su pasado. «Intenté salir de la hostelería varias veces, pero me fue gustando más cuando decidí trabajar en otro tipo de cocina. Sin olvidar que esa es la que le da de comer al 90% de la isla.»
Muchas elaboraciones que hoy consideramos tradicionales fueron nuevas en su momento. Para Aridani, la tradición no debería ser inamovible: nace de adaptarse al lugar, la climatología y la economía de un momento determinado.
No se trata solo de utilizar producto canario, sino de reconocer en el plato los sabores y formas de la cocina de las islas: anisados, comino, cilantro, pimientas. «Es lo que defiendo: no solo el producto, sino también los sabores y los matices de la cocina canaria.»
No hay Casa Romántica sin el lugar donde está y viceversa. Es una conversación constante. El sitio le parece espectacular, especialmente en invierno, afirma, cuando la bruma entra por el valle, le baja las revoluciones a un hombre que nada parece apaciguarle y que no compite con los demás, sino consigo mismo.
«Quiero ser el cocinero más formado que pueda llegar a ser.» concluye Aridani.
La entrada de unos proveedores nos devuelve al presente; apuramos el café de la finca y por un momento intento imaginarme cómo sería aquel chiquillo que reía al ver a sus tíos compitiendo por hacer el mejor caldo de pescado en Barranquillo Andrés1
Compitiendo por ver quién lo hace mejor, desde el buen rollo, con ese trato crudo y cariñoso a la vez, propio de las familias, sin olvidar que, detrás de todos, se está cocinando también un enorme orgullo por su sobrino, el chef.
→ Todo sobre el proyecto aquí
Me llega el rumor sordo desde dentro; es el ajetreo propio de la preparación de un servicio. La terraza que sirve de antesala al comedor de Casa Romántica es como esconderse en un trocito de jardín.
Aridani aún no lleva la chaquetilla. Hablamos con la persona, antes del chef, y me pregunto quién está detrás del plato de Cabra y queso o del Calamar – Aguacate – Millo que probamos hace poco.
Sus comienzos huelen a mortero y tensión
Un joven Aridani estaba a punto de entrar en el restaurante donde trabajaba con sus tíos con solo dieciocho años. Una cocina que se había apagado hacía pocas horas y que todavía exudaba calor.
«Era un tipo de gastronomía diferente la de entonces, más enfocada al turismo masivo de Playa del Inglés, pero ejecutada por grandes profesionales a los que admiro y respeto».
Su mirada se pierde en un pasado que parece hallarse en el pozo del café que nos ha traído Víctor Lugo, propietario y embajador de Casa Romántica, al unirse a la conversación.
«Nunca sabrás hacia dónde vas si no conoces de dónde vienes»
Nació entre fogones, recuerda meter la nariz en el mortero; como era chico, a él le tocaba moler especias para preparar el mojo: ajo, sal gruesa, comino en grano, cilantro. Se crió en el seno de una familia que, como muchísima gente del sur de la isla, se lanzó a la hostelería.
Se llena los pulmones y continúa narrando aquellas primeras cocinas donde empezó su andadura profesional: cocinas que olían a tensión, sudor, calor y velocidad.
Era otra época, asegura. Para el chef de Casa Romántica, fue parte del camino que le llevó hasta hoy y que contribuyó a su crecimiento profesional.
«Nunca sabrás adónde vas si no conoces de dónde vienes.» — Aridani Alonso
Eran cocinas complicadas: sin ventilación, impecables, pero sofocantes. Se remojaban los motores con un difusor. «Hacía tanto calor que las mantequillas se clarificaban solas», bromea el chef.
El trabajo de buen humor no se conocía. Y luego estaba el miedo. Las formas. «Lo que no quiero ser ahora.» No hay juicio en sus palabras: era otro momento, venían de una época de necesidad. Era lo que conocían.
«Haber crecido en ese tipo de aprendizaje lo hace grande.» — Víctor Lugo
Pasó por muchos tipos de restaurantes, incluyendo hoteles. «Me sorprendía cuando me pedían disculpas por haberme hablado muy alto», ríe. En los hoteles aprendió a ser más meticuloso, ordenado: todo es como una coreografía. Trabajar por partidas. El trato con las personas. La psicología.
«Le recomiendo a todo el mundo que empiece como yo, fregando, gestionando el volumen, trabajo en sala.»
Luego llegó Tejeda: su primera vez como jefe de cocina. Quería conocer algo de montaña, el turismo de invierno, la cocina de guiso —que hoy es básica en Casa Romántica—.
Después, Las Palmas de Gran Canaria, para conocer al cliente de ciudad.
En su trayectoria ha ido buscando lugares donde encontrar esa habilidad que quería pulir, ese tipo de cliente que quería conocer, esa cocina que necesitaba descubrir.
Desde 2022 está en Casa Romántica
«Víctor quiso contar conmigo», dice con sencillez. Sonríe al recordar el primer plato suyo que llamó la atención: un conejo en salmorejo, algo tan tradicional, tan canario.
Quizá esa honestidad está presente también en platos como los Tomates aliñados o el Chocolate – Algarroba – Café de Agaete.
La historia de Aridani no está producida por Netflix
Tampoco busca romantizar su pasado. «Intenté salir de la hostelería varias veces, pero me fue gustando más cuando decidí trabajar en otro tipo de cocina. Sin olvidar que esa es la que le da de comer al 90% de la isla.»
Muchas elaboraciones que hoy consideramos tradicionales fueron nuevas en su momento. Para Aridani, la tradición no debería ser inamovible: nace de adaptarse al lugar, la climatología y la economía de un momento determinado.
No se trata solo de utilizar producto canario, sino de reconocer en el plato los sabores y formas de la cocina de las islas: anisados, comino, cilantro, pimientas. «Es lo que defiendo: no solo el producto, sino también los sabores y los matices de la cocina canaria.»
No hay Casa Romántica sin el lugar donde está y viceversa. Es una conversación constante. El sitio le parece espectacular, especialmente en invierno, afirma, cuando la bruma entra por el valle, le baja las revoluciones a un hombre que nada parece apaciguarle y que no compite con los demás, sino consigo mismo.
«Quiero ser el cocinero más formado que pueda llegar a ser.» concluye Aridani.
La entrada de unos proveedores nos devuelve al presente; apuramos el café de la finca y por un momento intento imaginarme cómo sería aquel chiquillo que reía al ver a sus tíos compitiendo por hacer el mejor caldo de pescado en Barranquillo Andrés1
Compitiendo por ver quién lo hace mejor, desde el buen rollo, con ese trato crudo y cariñoso a la vez, propio de las familias, sin olvidar que, detrás de todos, se está cocinando también un enorme orgullo por su sobrino, el chef.
→ Todo sobre el proyecto aquí





